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Del
Mar (cuento)
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El
quiere visitar las pirámides de Caral de noche pero se queda dormido,
y...
He wants to visit Caral’s pyramids at night but he falls asleep, and… |
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- Así
que visitaste la Ciudad de Caral, de 3.000 años a.C. ¿Qué
tal? Atravesamos la ciudad, descendimos de la terraza natural en que se encuentra hasta el cause del Río Supe y seguimos por un camino lateral. Mi dualidad comenzó a sorprenderse: gente yendo y viniendo como en cualquier urbe; en la terraza, el terreno era verde con algunos cultivos bajos y flores en las partes no edificadas; cruzamos un arroyo de aguas cristalinas (fue entonces cuando, sin razón aparente, dijo “aquí estamos a 350 m.s.n.m.). Verdes eran también las laderas de los cerros circundantes de la terraza y del valle del Supe, con bosques hasta cierta altura, y algunas de las montañas más lejanas tenían crestas nevadas. Totalmente diferente del paisaje desértico actual: en los costados del estrecho valle los cerros emergen de inmediato grises y arenosos, sin una traza de vegetación, y los montañas más lejanas se tornan azuladas sin el menor rastro blanco. Desde el cuidado camino que transitábamos se veía en el valle cultivos altos de maíz y bajos de hortalizas, y campesinos en actividad. Un tramo lo hicimos en una cómoda barcaza de madera con dos asientos atrás y un conductor, de pie adelante, que con una especie de remo-estaca guiaba la embarcación, cerca de la rivera, esquivando algún peñasco de cuando en cuando. Antes de subir, comentó, como al pasar, que habíamos caminado unas dos horas y media y descendido unos ciento cincuenta metros, ahora estábamos a 200 m.s.n.m. Dos horas más tarde, habíamos dejado la barcaza y caminábamos nuevamente; subimos a un amplio y plano peñasco a contemplar el paisaje del valle, ahora de mayor amplitud y su marco de cerros más alejados y pequeños. Volvió a su cuenta altimétrica y acotó que estábamos a 100 m.s.n.m. Finalmente, a unas seis horas de haber salido de la Ciudad de Caral, estuvimos frente al mar, con los pies en la arena húmeda, cerca del borde cambiante de las olas. Entonces, ceremoniosamente, el Rey levantó su brazo derecho en dirección al océano, diciéndome: “Venimos del Mar”. Quedé en silencio largos segundos. Contemplé su postura de perfil. Una sorpresa más: su extendido brazo no apuntaba al horizonte, con una leve inclinación, ¡señalaba las aguas! “¡Venimos de las aguas del mar!”, me animé a exclamar. “¡No!”, dijo, cortante. Se tomó un tiempo, como quien se arma de paciencia, para decir: “En tiempos de nuestros bisabuelos, estas aguas estaban más de cien metros más abajo…” - ¡Esperá
un poco, dijo “bisabuelos”, es decir unas tres generaciones antes… “De no estar las aguas, nos llevaría apenas un par de horas más de caminata para llegar a la primera Caral”. Su expresión fue sencilla y firme. Mi sorpresa total. Nuevamente, quedé en silencio y le presté atención: “El ascenso de las aguas fue muy lento e irregular a lo largo de siglos por toda la costa continental, recortando cada vez el bello y verde valle del Supe. Hubo una segunda Caral, más cerca de acá, a una hora de caminata sin agua. Pero el mar continuó subiendo, y parece quedarse quieto aquí desde hace un tiempo” “Desde siempre, nuestros antepasados conocieron la terraza donde está Caral actual, con una gran vista panorámica sobre el valle y un clima muy benigno. Analizada la progresión de avance en altura de las aguas quedó claro que esta ubicación tenía bastante más futuro, para muchas generaciones y hasta pudo haberse prescindido de Caral II, aún sin contar la detención del mar que observamos ahora”. Hubo más conversación, algunas preguntas hice; que el clima también iba cambiando, que no éramos los únicos con tales experiencias, que otros pueblos por toda la costa peruana debieron afrontar decisiones semejantes… - Supongo que
tienes bastante, mucho más para contar. Pero bueno, decime: ¿cómo
fue la vuelta? ---------------------- Dedicatoria: a mis sobrinas peruanas de Lima, Chiclayo, Connecticut y Singapur. Jorge
B. Hoyos Ty. – 07/01/12 |
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