El otro Jorge
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Cuentos de los 90': 1


La culpa no es del chancho ...

El viaje de Alfredo tiene una misión especial ... y también sorpresas.
Alfredo's traveling has a special mission ... and surprises also.


El ómnibus se puso en marcha. Retrocedió, giró por la playa de la estación de transporte interurbano de La Plata, y avanzó hacia la salida por la calle 42. Destino: la ciudad de Córdoba. La gente que había acompañado a los pasajeros agitaba las manos. Eran las siete y treinta horas de la tarde.

A él, nadie había ido a despedirlo. Danila pudo haberlo acompañado en la estación. "Mejor así", se dijo. Habría tenido que inventar demasiado respecto de este viaje. Por suerte, justo, Danila tuvo que ir a Buenos Aires. Estaba bien. Esto no era para compartir. Trataría de dormir, tenía varias horas por delante.

Desapacible tarde de febrero, lluviosa. Del bolso de mano sacó un pullover y se lo puso alrededor del cuello. El ómnibus cruzó el sector norte de la ciudad y salió por el Camino Centenario; la oscuridad creció rápidamente mientras recorría el oeste del Gran Buenos Aires y llegaba al "Acceso Norte".

"Por fin", pensó Alfredo. No había podido dormir, a pesar de haberse estirado todo lo posible en el asiento reclinable. Se había aburrido sobremanera. Estaban, ya, en la autopista de entrada y salida norte de ese desmedido conglomerado urbano, que habían atravesado en dos horas de lento y tedioso itinerario. "Recién comienza el viaje", se dijo Alfredo.

Pero no. Un rato de normalidad y, luego, el vehículo comenzó a desplazarse a "paso de hombre", rodeado de otros, atrás, adelante, a los costados. "¿Qué es esto? ¿una manifestación de micros? ¿por qué? No entiendo nada. ¿Cuánto va a durar? ¡Se va a echar todo a perder! No ... que llegue más tarde, es la misma historia, qué sé yo. Pero che ... mirá vos, ¡qué bronca!"

Recordó sus búsquedas de "laburo"; en cuántos se había anotado y nada. Llegaba a los cuarenta y ya no lo querían por "viejo". "Si fuera joven, dirían que no tengo experiencia". Lo cierto era que no había trabajo. Ese ministro para quien todo andaba perfecto, ¿ministro de qué país era? "¿Somos todos tarados? Y los van a votar de nuevo. ¿Quién entiende nada? ¿Dónde consigo laburo yo, así no me meto en estas boludeces? Boludeces, sí; pero ya me dieron guita y me van a dar más. Un toco, podré aguantar unos meses ..."

"¡Pobre viejo! ¡Lo quería al viejo! Se pegó un tiro. Estaba podrido de pedir prestado para seguir subsistiendo. Le debía a medio mundo. Iba a cuanta manifestación de jubilados podía, aunque tuviera que endeudarse más para costearse desde Gonnet a Plaza Congreso. Pobre. Y, ¿de dónde sacaría la pistola? Una bala fue suficiente, quedó otra en la recámara. ¡El viejo consiguió una pistola con dos balas! ¿De dónde? ¿Quién? ... ¡Hijos de puta! ¡No teníamos para morfar!"

"Pero, ¿no avanza más este micro? ¿tanto tiempo así? ¡llevamos horas a este paso!" Los pasajeros iban de un lado a otro por el pasillo, vociferaban, sacaban las cabezas por las ventanillas, intercambiaban preguntas sin respuestas con gentes de otros vehículos. "¡Lo de siempre, che! ¿qué planes podés hacer, si todo se te pincha? ... por lo más absurdo, por lo más insospechado".

Finalmente, el ómnibus aceleró la marcha. Se despejaron los carriles de la autopista. Era media noche y recién estaban a la altura de Escobar, sólo unos cien kilómetros desde La Plata.

Se dispuso a dormir. Lo intentaría ... Comenzaron a pasar una película. A él le gustaban las de acción. No, ésta no era de acción. Estaba a mitad del vehículo, lado pasillo. Recordó que había una chica al costado suyo. La miró de reojo. Dormía plácidamente. La miró un poco más. Le recordó a Danila.

La había conocido, de la manera más convencional, en un café de la calle 49. Estaba con unos amigos. No le había dado "ni cinco de bola" pero, al día siguiente se encontraron en un supermercado. Les causó mucha gracia. Quedaron en volver a verse. Vestía muy bien. Era secretaria en un Ministerio. Todavía no sabía por qué había terminado "calentándose" con él. Estaba seguro que era sólo eso porque, ¿esperar algo de él?, nada, ella lo sabía.

Se despertó. Miró a la chica; seguía durmiendo. "Ya estoy cerca -pensó-, con tantas horas de retraso, pero bueno, es igual. Si no les gusta ..., yo no inventé ese embotellamiento".

"San Nicolás, paramos veinte minutos" anunciaron por los parlantes, mientras estacionaban en la terminal, en el primer lugar a la derecha, el único vacío. Las tres de la mañana.

"¡A la miércoles, cuánto movimiento!, claro, los micros embotellados junto con el mío, ahora están todos aquí. Mejor para ellos, es lo que querían, mucha gente", pensó Alfredo, mirando por las ventanillas. Estaban en el extremo de un largo conjunto de bar, restaurante y servicios colmados con viajeros de la Ruta 9.

Junto con los demás pasajeros, Alfredo avanzó por el pasillo y descendió al andén. Hacia la izquierda se extendía la estación llena de transportes interprovinciales, la gente entrando y saliendo por las puertas del restaurante y del bar. El colgó mejor su bolso en un hombro y encaró hacia la puerta que lo llevaría al baño. Prestó atención a los tachos de basura del andén; localizó, por lo menos, tres; grandes, de plástico verde, con tapa.

De vuelta en el andén se detuvo frente a un quiosco, compró un atado de cigarrillos, mientras sacaba del bolso un sandwich y una gaseosa en lata. Buscó algún banco, pero los pocos a la vista estaban ocupados. Pensó que habría alguno del otro lado del extremo derecho del andén. Sí. Se sentó a comer, sin apuro.

Frente a él, separado por algunos metros de asfalto, las oficinas de una estación de servicio. A la izquierda, los surtidores y playas de maniobra. A la derecha, la parte posterior de las oficinas dando a la calle por donde había ingresado su vehículo. Del otro lado de la estación de servicio todo muy oscuro, parecía campo abierto y se alcanzaban a divisar, al fondo, las luces de los autos circulando por la ruta.

Volvió a mirar hacia la derecha y detectó otro cubo de basura, contra la pared posterior de las oficinas. Su ómnibus había pasado al lado al llegar y no volvería a hacerlo, saldría por el otro extremo de la terminal.

Consultó el reloj. Había consumido, casi, los veinte minutos de la parada anunciada. "Ya está bien", se dijo.

Eligió un tarro de basura en el andén, que correspondía mejor con las instrucciones que traía. Guardó en el bolso la latita vacía de gaseosa y sacó otra exactamente igual.

Sus dedos estaban entrenados. Levantó el arito de metal que, supuestamente, serviría para abrir la latita. Comenzó a girarlo. Contó diez vueltas. Cada una correspondiente a un minuto. Todo lo que le faltaba hacer era arrancar ese anillo.

Con la lata en la mano, dejó el banco y se paró en la esquina frente al ómnibus, viendo subir a la gente y esperando a los choferes. Ellos aparecieron con sus camisas blancas y pantalones oscuros. Cuando se aproximaron, lo bastante para estar seguro que no eran otros, dio un paso en dirección a la vasija de basura elegida. Pero, súbitamente, cambió de idea. Giró ciento ochenta grados y se dirigió hacia el tacho detrás de la estación de servicio. Controló sus pasos mientras cruzaba el asfalto y, en el mismo momento que uno de los choferes comenzaba a subir al micro, arrancó el arito y, con el gesto más natural posible, levantó la tapa del recipiente de basura y tiró la latita.

Volvió a cruzar la calzada con premeditada lentitud; no quedaba nadie al lado del vehículo, sería el último en subir.

Caminó por el pasillo, deteniéndose frente a su asiento. Uno de los choferes volvía del fondo. "Aquí falta una persona, ¿no?", le dijo a Alfredo, señalando el asiento vacío del lado de la ventanilla. Inmerso en sus pensamientos, él reaccionó diciendo: "Qué sé yo, bajaría acá". "No", fue toda la réplica del chofer y siguió hacia adelante.

Alfredo miró su cronómetro. Tres minutos se habían evaporado. "¡Imbécil, vení! ¿Dónde te metiste?"

Vio bajar al chofer. "¿Está loco ése? ¿dónde se ha visto? ¿la va a buscar? ¡No, no! ¡Vámonos ya!"

Se quedó con los ojos clavados en el reloj; con esfuerzo, los desvió hacia el cubo de basura. Apenas se divisaba en ese sector de sombra. "Está bastante lejos", trató de animarse. Sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho. "No es lo que pidieron ... pero ... sí ... esa estación se va a hacer polvo ... ¿Y esos pelotudos? ¡Cinco minutos! ¿Dónde están? ¿Qué pasa que no vienen?"

¡Más de siete minutos consumidos!, cuando la chica le pidió permiso para pasar y sentarse. Alfredo estaba pálido y empapándose de transpiración. Desconcertado, sin saber qué hacer. Dejó pasar a la chica y volvió a sentarse, mirando la hora. ¿Qué pasaba? ¿volaban las agujas? "¿Porqué no arranca este micro del carajo? ¡Vamos! ¡Vamos!"

Nueve minutos. No podía razonar ni coordinar nada, el pánico se apoderaba de él. El ómnibus comenzó a desplazarse hacia atrás. Volvió hacia adelante pero, en lugar de dirigirse a la izquierda, hacia el otro extremo de la terminal, comenzó a girar a la derecha.

Los ojos de Alfredo se desorbitaron. Incrédulo, vio por el parabrisas del vehículo, iluminado a pleno, el recipiente donde había metido "¡la bomba!" El ómnibus giraba y se acercaba a ella ...

Sintió el corazón retumbándole en la boca y en las sienes. Se vio de chico correteando con una pelota en un campito de Trenque Lauquen. La sonrisa de su madre. La bala que mató a su viejo. Sintió la voz de Danila. Y se vio a él mismo, acurrucado dentro de ese brillante tacho verde.

Casi, diez minutos. "¡¡Noooo!!", gritó Alfredo con todas sus fuerzas, saltando del asiento e intentando precipitarse por el pasillo hacia los choferes y la puerta.

Pero los choferes estaban en un nivel por debajo del de los pasajeros. Seguramente, ni escucharon el alarido; que sí penetró las orejas de los sorprendidos pasajeros que vieron a "ese loco" en semejante e intempestivo desplazamiento.

El ómnibus sobrepasó unos metros al tarro de basura. Una enorme explosión rompió la noche.

**********

Los diarios de la mañana no alcanzaron a publicar nada. Pero la radio y la televisión habían comenzado, esa madrugada, a informar sobre una gran explosión que había destruido la estación de servicio del Parador de San Nicolás.

Los diarios de la tarde agregaron algunos detalles. Por suerte, no había víctimas fatales que lamentar entre el personal de la estación de servicio; estaban fuera de las oficinas y sólo algunos habían sufrido golpes de consideración, por derrumbes parciales que los alcanzaron. Se desató un incendio, pero pudo ser controlado por no haber depósitos de combustible en el sector de la explosión.

Sí, había habido un muerto: el pasajero de un ómnibus que salía para Córdoba, incrustado en una de sus ventanas. La onda expansiva había hecho volcar al vehículo, despidiéndolo y empujándolo por el piso un centenar de metros. El resto del pasaje tenía golpes y contusiones diversas, algunos con cierta gravedad.

Los primeros indicios correspondían a una bomba de gran poder. Se carecía, aún, de más información sobre el origen del siniestro.


Jorge B. Hoyos Ty.

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