El
ómnibus se puso en marcha. Retrocedió, giró por
la playa de la estación de transporte interurbano de La Plata,
y avanzó hacia la salida por la calle 42. Destino: la ciudad
de Córdoba. La gente que había acompañado a los
pasajeros agitaba las manos. Eran las siete y treinta horas de la tarde.
A él,
nadie había ido a despedirlo. Danila pudo haberlo acompañado
en la estación. "Mejor así", se dijo. Habría
tenido que inventar demasiado respecto de este viaje. Por suerte, justo,
Danila tuvo que ir a Buenos Aires. Estaba bien. Esto no era para compartir.
Trataría de dormir, tenía varias horas por delante.
Desapacible
tarde de febrero, lluviosa. Del bolso de mano sacó un pullover
y se lo puso alrededor del cuello. El ómnibus cruzó el
sector norte de la ciudad y salió por el Camino Centenario; la
oscuridad creció rápidamente mientras recorría
el oeste del Gran Buenos Aires y llegaba al "Acceso Norte".
"Por
fin", pensó Alfredo. No había podido dormir, a pesar
de haberse estirado todo lo posible en el asiento reclinable. Se había
aburrido sobremanera. Estaban, ya, en la autopista de entrada y salida
norte de ese desmedido conglomerado urbano, que habían atravesado
en dos horas de lento y tedioso itinerario. "Recién comienza
el viaje", se dijo Alfredo.
Pero no.
Un rato de normalidad y, luego, el vehículo comenzó a
desplazarse a "paso de hombre", rodeado de otros, atrás,
adelante, a los costados. "¿Qué es esto? ¿una
manifestación de micros? ¿por qué? No entiendo
nada. ¿Cuánto va a durar? ¡Se va a echar todo a
perder! No ... que llegue más tarde, es la misma historia, qué
sé yo. Pero che ... mirá vos, ¡qué bronca!"
Recordó
sus búsquedas de "laburo"; en cuántos se había
anotado y nada. Llegaba a los cuarenta y ya no lo querían por
"viejo". "Si fuera joven, dirían que no tengo
experiencia". Lo cierto era que no había trabajo. Ese ministro
para quien todo andaba perfecto, ¿ministro de qué país
era? "¿Somos todos tarados? Y los van a votar de nuevo.
¿Quién entiende nada? ¿Dónde consigo laburo
yo, así no me meto en estas boludeces? Boludeces, sí;
pero ya me dieron guita y me van a dar más. Un toco, podré
aguantar unos meses ..."
"¡Pobre
viejo! ¡Lo quería al viejo! Se pegó un tiro. Estaba
podrido de pedir prestado para seguir subsistiendo. Le debía
a medio mundo. Iba a cuanta manifestación de jubilados podía,
aunque tuviera que endeudarse más para costearse desde Gonnet
a Plaza Congreso. Pobre. Y, ¿de dónde sacaría la
pistola? Una bala fue suficiente, quedó otra en la recámara.
¡El viejo consiguió una pistola con dos balas! ¿De
dónde? ¿Quién? ... ¡Hijos de puta! ¡No
teníamos para morfar!"
"Pero,
¿no avanza más este micro? ¿tanto tiempo así?
¡llevamos horas a este paso!" Los pasajeros iban de un lado
a otro por el pasillo, vociferaban, sacaban las cabezas por las ventanillas,
intercambiaban preguntas sin respuestas con gentes de otros vehículos.
"¡Lo de siempre, che! ¿qué planes podés
hacer, si todo se te pincha? ... por lo más absurdo, por lo más
insospechado".
Finalmente,
el ómnibus aceleró la marcha. Se despejaron los carriles
de la autopista. Era media noche y recién estaban a la altura
de Escobar, sólo unos cien kilómetros desde La Plata.
Se dispuso
a dormir. Lo intentaría ... Comenzaron a pasar una película.
A él le gustaban las de acción. No, ésta no era
de acción. Estaba a mitad del vehículo, lado pasillo.
Recordó que había una chica al costado suyo. La miró
de reojo. Dormía plácidamente. La miró un poco
más. Le recordó a Danila.
La había
conocido, de la manera más convencional, en un café de
la calle 49. Estaba con unos amigos. No le había dado "ni
cinco de bola" pero, al día siguiente se encontraron en
un supermercado. Les causó mucha gracia. Quedaron en volver a
verse. Vestía muy bien. Era secretaria en un Ministerio. Todavía
no sabía por qué había terminado "calentándose"
con él. Estaba seguro que era sólo eso porque, ¿esperar
algo de él?, nada, ella lo sabía.
Se despertó.
Miró a la chica; seguía durmiendo. "Ya estoy cerca
-pensó-, con tantas horas de retraso, pero bueno, es igual. Si
no les gusta ..., yo no inventé ese embotellamiento".
"San
Nicolás, paramos veinte minutos" anunciaron por los parlantes,
mientras estacionaban en la terminal, en el primer lugar a la derecha,
el único vacío. Las tres de la mañana.
"¡A
la miércoles, cuánto movimiento!, claro, los micros embotellados
junto con el mío, ahora están todos aquí. Mejor
para ellos, es lo que querían, mucha gente", pensó
Alfredo, mirando por las ventanillas. Estaban en el extremo de un largo
conjunto de bar, restaurante y servicios colmados con viajeros de la
Ruta 9.
Junto con
los demás pasajeros, Alfredo avanzó por el pasillo y descendió
al andén. Hacia la izquierda se extendía la estación
llena de transportes interprovinciales, la gente entrando y saliendo
por las puertas del restaurante y del bar. El colgó mejor su
bolso en un hombro y encaró hacia la puerta que lo llevaría
al baño. Prestó atención a los tachos de basura
del andén; localizó, por lo menos, tres; grandes, de plástico
verde, con tapa.
De vuelta
en el andén se detuvo frente a un quiosco, compró un atado
de cigarrillos, mientras sacaba del bolso un sandwich y una gaseosa
en lata. Buscó algún banco, pero los pocos a la vista
estaban ocupados. Pensó que habría alguno del otro lado
del extremo derecho del andén. Sí. Se sentó a comer,
sin apuro.
Frente
a él, separado por algunos metros de asfalto, las oficinas de
una estación de servicio. A la izquierda, los surtidores y playas
de maniobra. A la derecha, la parte posterior de las oficinas dando
a la calle por donde había ingresado su vehículo. Del
otro lado de la estación de servicio todo muy oscuro, parecía
campo abierto y se alcanzaban a divisar, al fondo, las luces de los
autos circulando por la ruta.
Volvió
a mirar hacia la derecha y detectó otro cubo de basura, contra
la pared posterior de las oficinas. Su ómnibus había pasado
al lado al llegar y no volvería a hacerlo, saldría por
el otro extremo de la terminal.
Consultó
el reloj. Había consumido, casi, los veinte minutos de la parada
anunciada. "Ya está bien", se dijo.
Eligió
un tarro de basura en el andén, que correspondía mejor
con las instrucciones que traía. Guardó en el bolso la
latita vacía de gaseosa y sacó otra exactamente igual.
Sus dedos
estaban entrenados. Levantó el arito de metal que, supuestamente,
serviría para abrir la latita. Comenzó a girarlo. Contó
diez vueltas. Cada una correspondiente a un minuto. Todo lo que le faltaba
hacer era arrancar ese anillo.
Con la
lata en la mano, dejó el banco y se paró en la esquina
frente al ómnibus, viendo subir a la gente y esperando a los
choferes. Ellos aparecieron con sus camisas blancas y pantalones oscuros.
Cuando se aproximaron, lo bastante para estar seguro que no eran otros,
dio un paso en dirección a la vasija de basura elegida. Pero,
súbitamente, cambió de idea. Giró ciento ochenta
grados y se dirigió hacia el tacho detrás de la estación
de servicio. Controló sus pasos mientras cruzaba el asfalto y,
en el mismo momento que uno de los choferes comenzaba a subir al micro,
arrancó el arito y, con el gesto más natural posible,
levantó la tapa del recipiente de basura y tiró la latita.
Volvió
a cruzar la calzada con premeditada lentitud; no quedaba nadie al lado
del vehículo, sería el último en subir.
Caminó
por el pasillo, deteniéndose frente a su asiento. Uno de los
choferes volvía del fondo. "Aquí falta una persona,
¿no?", le dijo a Alfredo, señalando el asiento vacío
del lado de la ventanilla. Inmerso en sus pensamientos, él reaccionó
diciendo: "Qué sé yo, bajaría acá".
"No", fue toda la réplica del chofer y siguió
hacia adelante.
Alfredo
miró su cronómetro. Tres minutos se habían evaporado.
"¡Imbécil, vení! ¿Dónde te metiste?"
Vio bajar
al chofer. "¿Está loco ése? ¿dónde
se ha visto? ¿la va a buscar? ¡No, no! ¡Vámonos
ya!"
Se quedó
con los ojos clavados en el reloj; con esfuerzo, los desvió hacia
el cubo de basura. Apenas se divisaba en ese sector de sombra. "Está
bastante lejos", trató de animarse. Sintió que el
corazón comenzaba a golpearle el pecho. "No es lo que pidieron
... pero ... sí ... esa estación se va a hacer polvo ...
¿Y esos pelotudos? ¡Cinco minutos! ¿Dónde
están? ¿Qué pasa que no vienen?"
¡Más
de siete minutos consumidos!, cuando la chica le pidió permiso
para pasar y sentarse. Alfredo estaba pálido y empapándose
de transpiración. Desconcertado, sin saber qué hacer.
Dejó pasar a la chica y volvió a sentarse, mirando la
hora. ¿Qué pasaba? ¿volaban las agujas? "¿Porqué
no arranca este micro del carajo? ¡Vamos! ¡Vamos!"
Nueve minutos.
No podía razonar ni coordinar nada, el pánico se apoderaba
de él. El ómnibus comenzó a desplazarse hacia atrás.
Volvió hacia adelante pero, en lugar de dirigirse a la izquierda,
hacia el otro extremo de la terminal, comenzó a girar a la derecha.
Los ojos
de Alfredo se desorbitaron. Incrédulo, vio por el parabrisas
del vehículo, iluminado a pleno, el recipiente donde había
metido "¡la bomba!" El ómnibus giraba y se acercaba
a ella ...
Sintió
el corazón retumbándole en la boca y en las sienes. Se
vio de chico correteando con una pelota en un campito de Trenque Lauquen.
La sonrisa de su madre. La bala que mató a su viejo. Sintió
la voz de Danila. Y se vio a él mismo, acurrucado dentro de ese
brillante tacho verde.
Casi, diez
minutos. "¡¡Noooo!!", gritó Alfredo con
todas sus fuerzas, saltando del asiento e intentando precipitarse por
el pasillo hacia los choferes y la puerta.
Pero los
choferes estaban en un nivel por debajo del de los pasajeros. Seguramente,
ni escucharon el alarido; que sí penetró las orejas de
los sorprendidos pasajeros que vieron a "ese loco" en semejante
e intempestivo desplazamiento.
El ómnibus
sobrepasó unos metros al tarro de basura. Una enorme explosión
rompió la noche.
**********
Los diarios
de la mañana no alcanzaron a publicar nada. Pero la radio y la
televisión habían comenzado, esa madrugada, a informar
sobre una gran explosión que había destruido la estación
de servicio del Parador de San Nicolás.
Los diarios
de la tarde agregaron algunos detalles. Por suerte, no había
víctimas fatales que lamentar entre el personal de la estación
de servicio; estaban fuera de las oficinas y sólo algunos habían
sufrido golpes de consideración, por derrumbes parciales que
los alcanzaron. Se desató un incendio, pero pudo ser controlado
por no haber depósitos de combustible en el sector de la explosión.
Sí,
había habido un muerto: el pasajero de un ómnibus que
salía para Córdoba, incrustado en una de sus ventanas.
La onda expansiva había hecho volcar al vehículo, despidiéndolo
y empujándolo por el piso un centenar de metros. El resto del
pasaje tenía golpes y contusiones diversas, algunos con cierta
gravedad.
Los primeros
indicios correspondían a una bomba de gran poder. Se carecía,
aún, de más información sobre el origen del siniestro.
Jorge B. Hoyos Ty.