-
Estamos preparando la cláusula de relación del crédito
con la evolución de su producción.
Alberto
Brezzi escuchaba atentamente al Presidente del Banco; no recordaba ese
tipo de cláusula en otros créditos.
- ¿Una
nueva Resolución? - preguntó.
- No, en realidad es una política que estamos tratando de impulsar;
le conviene a Ud., le conviene al país que es quien, en ultima
instancia, le presta el dinero.
- Pero ...
- No se alarme Brezzi. En síntesis, lo ayudaremos más
cuando Ud. produzca más.
- ¿Es del Gobierno eso? - Brezzi no se convencía.
- Ya le dije que no. Algunos políticos comienzan a ver muy claro
este problema, quizá ...
- Bueno Doctor, me decía que la próxima semana tendría
acordado el crédito ...
- Sí, no se preocupe.
- Bien, mi socio pasará por aquí en un par de días
para revisar todas las cláusulas y nosotros nos veremos la próxima
semana.
Brezzi
intercambió frases de cortesía y dejó la confortable
sala de conferencias de la presidencia del Banco, cuyas acortinadas
ventanas daban a la calle 7 de la ciudad de La Plata. En la Recepción
una atractiva secretaria agendó la próxima visita; lo
despidió con una sonrisa y él se dispuso a esperar el
ascensor.
Mientras
descendía, Brezzi repasó la conversación con el
Presidente del Banco. Esa última cláusula lo tenía
intrigado; en realidad, nunca le habían planteado un compromiso
semejante.
Ya en la
calle, seguía cavilando. La mañaana era soleada pero a
él le pareció muy fría. La entrevista había
sido larga, divisó un bar y decidió despejarse tomando
un café.
Eligió
una mesa, se sacó el sobretodo y lo acomodó en una silla.
Vestía un sobrio y bien cortado traje gris. Se sentó.
El mozo se acercó y tomó el pedido.
"Creo
que tendré que hablar con varias personas, antes que con mi socio
..." pensó, mientras encendía un cigarrillo y miraba
por las ventanas hacia la calle.
*********
Leticia,
Jennifer, Gerardo y Terrón -el perro de ellas- llegaron a una
quinta, invitados a un asado.
"Te
vas a portar bien, ¿verdad?. Andá, tenés para pasear
y corretear", dijo Leticia, sacando del auto y soltando a Terrón,
que movió contento la cola, miró para todos lados y se
dispuso a disfrutar de esos espacios verdes tan amplios y arbolados,
aunque ya fuera de noche.
Ellos se
dirigieron al lugar más iluminado visible desde la playa de estacionamiento
de la quinta. Era un quincho con paredes-ventanas de vidrio y una gran
parrilla en el interior. Tiempo invernal cambiante, la noche era cálida.
Se veía poca gente.
Terrón
vio que sus amigos ingresaban en ese lugar y siguió caminando.
Dio con una pileta bastante grande de forma irregular; curioso, trepó
al borde. El agua se veía limpia y transparente. Dejó
atrás la pileta y se encontró con un gran espacio abierto,
una cancha de fútbol. La contorneó y se detuvo; más
adelante, había dos perros grandes detrás de un alambrado.
Supuso que estaban encerrados por las visitas y que no les haría
mucha gracia verlo a él por allí, libre en sus dominios.
Dio media vuelta. El quincho se divisaba lejos. Era grande esa quinta.
Comenzó a divertirse. Correteó sin premeditación,
dio unas vueltas a la pileta. Se le pasó el tiempo.
Se cansó
un poco, pero continuó su inspección. Llegó a un
cerco de alambre de púa. Por ese lado se terminaba el predio.
Caminó de vuelta hasta el alambrado de una cancha de tenis. Se
acercaba otra vez al quincho. Entonces, se detuvo.
**********
Había
muy pocas personas en ese espacioso y muy bien pertrechado quincho para
asados, lugar de baile o lo que se quisiera: Dos hombres de unos 40
a 50 años, de sport y evidente solvencia económica, empresarios
seguramente como el dueño de casa; uno de tipo europeo y el otro
asiático, japonés taiwanés o algo por el estilo.
Otro hombre de aspecto similar pero más joven, buen mozo, era
Rodolfo, hijo de Alberto Brezzi. Y la concurrencia se completaba con
cuatro chicas muy bien vestidas, jóvenes, bonitas y particularmente
atractivas. Saludos, presentaciones y algunas breves charlas.
Leticia
y Jennifer se acercaron a Gerardo.
- ¿Ésta
es la fiesta a la que nos has invitado? - dijo Leticia, con malicia.
- Yo ..., bueno, todavía es temprano.
- No es nada temprano, Gerardo ...
- Yo también estoy sorprendida ... No te hagas el inocente, tú
- dijo Jennifer, con un hilo de enojo.
- Está bien, está bien, yo también estoy sorprendido.
- Tú sorprendido ... ¿y nosotras, qué? ...
- No, no, créanme, Rodolfo me avisó de la fiesta por teléfono,
sólo me dijo que si quería invitar alguna chica lo hiciera.
Yo ...
- ¿Y tú pensaste que era una fiesta de "beneficencia",
Gerardito?
- Yo he venido a otras fiestas aquí, normales, con mucha gente;
no, yo no me imaginé para nada ...
- Está bien, está bien ... - contemporizó Leticia
- ¿Qué hacemos? ... y por si fuera poco, ¡estamos
en "competencia desleal"! ¿Sabes lo primero que me
preguntó esa rubia, la del vestido estampado? "¿De
qué agencia son ustedes?" - dijo Jennifer
*********
En una
espaciosa y confortable sala tipo despacho privado, en la planta baja
de la casona de la quinta, el dueño de ella tenía una
importante y agria conversación.
- Mirá,
Rubén - dijo Alberto Brezzi, montando en cólera -, ¡esto
no es joda! ¡vas a tener que hacer algo!
- ¿Algo? ¡Ya te dije que no puedo!
- ¡Son cien millones de dólares, imbécil, y vos
te vas a llevar una buena tajada! ¡Y después haremos más
guita aún!
- ¡Modificá vos tus planes!
- ¡No tengo que modificar un corno! ¡Modifico algo y el
negocio no se hace! O es tan difícil de entender ...
- Esperá un poco, aplazá la cosa, hablá con la
gente de ...
- ¡Estás loco, Rubén! Lo que vos tenés que
hacer es eliminar esa cláusula. Que me dejen de joder. ¿Hacen
innovaciones conmigo? ¿Justo conmigo?
**********
Jennifer
y Leticia, luego de utilizar el toilette, conversaban con Gerardo en
el living de la casona.
- Vayan
Uds., si quieren, al quincho; yo me quedo un rato aquí - dijo
Jennifer.
- Te vas a aburrir ...
- Peor va a ser allá. Tú, por lo menos, estarás
con Gerardo; ¿qué voy a hacer yo sola? ... "Aquí
estoy, quién viene por mí?"
- Tiene razón Jenni. ¿Sabés Gerardo?, deberíamos
volver a La Plata.
- Está bien, si ustedes quieren ...
- Bueno, quizá no sea tan grave, ustedes vayan al quincho, en
cuanto se aburran nos vamos ... Mira, allí hay un equipo de música
y algunos compactos, tengo para entretenerme - dijo Jennifer acomodándose
en un sofá de ese amplio y lujoso salón de estar.
- Por lo menos comeremos algo - sonrió Leticia - Llenamos unos
platos y nos venimos para acá, ya está listo ese asado.
¿Está bien Jenni?
Jennifer les sonri¢ y se dispuso a elegir algo entre esos CD's.
Leticia y Gerardo salieron.
Jennifer
buscó algún título que le gustara; encontró
uno pero en lugar de dirigirse al equipo de música se volvió
a sentar, mirando a su alrededor. Ese ambiente señorial tenía
alguna reminiscencia colonial y le trajo recuerdos de su país,
de las grandes casas panameñas de estilo español. La iluminación
general era tenue y varias lámparas daban luz localizada a cada
rincón. Un juego de sillones de distintos tamaños ocupaba
un sector oval recostado contra grandes ventanas, en una superficie
inferior, a dos escalones de diferencia con el resto del salón.
Apoyó la espalda, cruzó las piernas, dejó sueltas
las manos sobre el amplio sillón e intentó relajarse.
Tenía muy cerca una gran lámpara de pantalla apergaminada
y pie dorado que la iluminaba de cuerpo entero. Cerró un poco
los ojos.
El cabello
suelto resbalaba sobre uno de los hombros. Su vestido era blanco color
tiza; el escote llegaba al surco de los senos. Un fino género
ceñía el bello busto, la pequeña cintura, las curvas
de la cadera, y terminaba en una pollera muy corta. Sus magníficos
muslos color café, lucían torneados y brillantes. Las
piernas, elegantemente cruzadas, remataban en delicados zapatos de taco
alto a tono con el vestido.
*********
Cuando
Leticia y Gerardo entraron en el quincho, Rodolfo Brezzi inmediatamente
se acercó a ellos, con una gran sonrisa hacia Leticia. A Gerardo
no le hizo ninguna gracia el gesto pero trató de disimular, pensando
manejar la cosa de alguna manera. Pero ocurrió que la reacción
de Leticia fue diferente de la que él esperaba. Leticia se mostró
más que cordial con Rodolfo. Gerardo pensó que quizá
a ella le gustara la idea de divertirse con una segura confusión
por parte de aquel. Los minutos pasaron y la charla se hizo estúpidamente
insinuante -para Gerardo- de modo que, en cuanto pudo, lo llevó
aparte a Rodolfo y le dijo:
- ¡No te hagás el loco Rodolfo!
- ¿Por ...? - dijo Rodolfo, aparentando inocencia.
- ¡Vamos Rodolfo! Vos sabés que Leticia no es una mina
contratada, que ...
- Pero vos la trajiste ...
- ¿Cómo que yo la traje? ¡Claro que la traje! ¡Pero
vos no me dijiste un carajo de qué se trataba esto!
- ¡Eh, flaco! ¡Pará! ¡No es para tanto!
- ¿Cómo que no es para tanto?
- ¿Es tu novia?
- No, no, pero ...
- Pero nada, Gerardo, está bien, nadie le va a hacer nada ...
**********
Jennifer
percibió, muy débil, voces que venían del interior
de la casa. Supuso que en algún lugar habría otras personas,
además de las pocas presentes en el quincho. Giró la cabeza
y por el ventanal divisó la iluminada zona de estacionamiento.
Allí no había movimiento alguno. Le pareció claro
que no llegaría más gente; aquello era una suerte de fiesta
reservada sólo para muy pocos hombres. Esas chicas eran cuatro,
ellas dos; quería decir que, incluyendo a Gerardo, estaban faltando
dos hombres. La recorrió un escalofrío. Le gustaban las
aventuras pero no que la tomaran así, de sorpresa, y menos que
la confundieran.
*********
- Te tocó
a vos como le pudo haber tocado a ... - decía el interlocutor
de Brezzi.
- No, no Rubén, a mí me dan la guita y ya está,
después yo hago lo que se me canta ... vos lo venías manejando
muy bien. ¿No te las ingeniaste para dictar vos las cláusulas
del contrato? ... ¿Qué es eso de controlarme la producción?
¡"Ma", qué producción ni producción!
¡Inventá cualquier cosa, Rubén! ¿Sos o no
sos Director del Banco?
- Esa cláusula la maneja directamente la Presidencia, yo ...
- ¡Vos tendrías que haberme prevenido hace mucho, mucho!
- gritó Alberto Brezzi.
- Yo no sabía ...
- ¡Al carajo, Rubén! - dijo Alberto, fuera de sí,
abriendo un cajón del escritorio - ¿Ves esto Rubén?
Es una 38 y está cargada, ¿sabés? Pensá
algo rápido y hacelo, mañana mismo ... Quizá yo
tenga que usar esta pistola antes de que lo hagan conmigo. Pero vos,
vos sos el único pelotudo que está arruinando el negocio
... y yo te voy a "arreglar" primero a vos.
- ¡Alberto!
- ¡Alberto un corno! Vos estás metido en esto tanto como
yo - dijo acercando su rostro al del Director y levantando el arma.
- Yo no he firmado nada ... - dijo el Director, tratando de serenarse.
- ¿No has firmado nada? ¿No has firmado nada? Lo hemos
planeado juntos. Estás comprometido conmigo y eso me basta, ¡a-mí-me-bas-ta!
- dijo Brezzi, metiéndose la pistola debajo del cinturón.
Caminó hacia la puerta que daba al living y agregó:
- Ya sabés, Rubén: rápido, muy rápido ...
¡Ah! ¡Ahí te hemos traído unas minas de primera!
¡Inspirate!
Alberto
Brezzi salió dando un portazo.
Jennifer
se sobresaltó. Escuchó el portazo delante suyo, en el
otro extremo del salón. Apareció un hombre de gesto enojado,
muy bien vestido de sport, maduro, buen mozo, que pareció dirigirse
a la puerta que daba hacia el quincho, muy concentrado en sí
mismo.
Alberto
Brezzi dio el portazo pensando en lo "pelotudo" que podía
ser un Director de Banco, que podía arrastrarlo a él a
un verdadero desastre. Era mejor tomar al toro por las astas e iría
de inmediato a encararlo al coreano ése primero, y luego al húngaro.
Había que abrir el paraguas cuanto antes, por las dudas ...
Pocos pasos
dio después de la puerta. Su "olfato" le dijo que algo
inesperadamente oportuno estaba allí, a su disposición.
Eso estaba previsto, pero una "pendeja" así, no, ¡qué
maravilla!, eso sí que era una sorpresa. Hacía muchísimo
que no veía una mulata tan bella; quizás andando por Brasil
o por Centro América, pero allí, era increíble.
Para él no había nada mejor que mezclar placer con negocios
y mucho mejor curar emociones violentas con "amor" y, en tales
circunstancias, parte de su placer era prescindir de toda formalidad
y cortesía.
Su trayecto
cambió bruscamente en dirección a esa bellísima
muchacha; descendió los dos escalones hacia el sillón
de Jennifer y la tomó de una mano. Apenas dijo un inaudible "hola"
y la tironeó levantándola, primero como si aquella mujer
no fuera a ofrecer la menor resistencia, y luego con más determinación.
Sorprendida
totalmente, Jennifer se puso de pie y no tuvo más remedio que
seguir el impulso de ese individuo. Pero su sorpresa fue mayor cuando
él no apuntó hacia el quincho, sino hacia la cabecera
de una escalinata con destino más que evidente. Entonces forcejeó;
aprovechó que había que subir dos escalones; eso le ayudó
a zafar y corrió hacia la puerta. Pero con esos tacos no iba
a ir muy lejos.
Brezzi
la alcanzó, ya afuera, y aún sin pronunciar palabra la
impulsó en otra dirección, hacia una especie de calle
interna al lado de una cancha de tenis. Ella, muy asustada, tampoco
decía nada y sólo pensaba qué podía hacer
para librarse del imprevisto agresor.
Volvió
a soltarse y trató de correr una vez más. Advirtió
que esa calle llevaba a la parte de atrás del quincho; si conseguía
llegar allí quizá se salvaría. Él la volvió
a alcanzar y, agarrándola del brazo, gritó:
- ¡Bueno,
bueno! ¡Pará de una vez! ¿A qué demonios
crees que has venido acá? ¿Te gusta hacerte la difícil?
Jennifer
giró y, sin saber si gritar o qué, su mano derecha cruzó
con violencia el rostro de Brezzi.
- ¡Pelotuda!
- dijo él, sujetándola con una mano y sacando el revolver
con la otra.
Comenzó
a levantar el arma diciendo:
- ¿Ves
esto morocha? Te conviene portarte bien grandísima hija ...
**********
Terrón
se había detenido al divisar una pareja que avanzaban al fondo
de esa calle delante de la cancha de tenis, y se acostó al lado
de un árbol.
Terrón
los vio pasar sin que repararan en él. Eran Jennifer y otra persona.
Los había observado acercarse y algo parecía anormal,
acostumbrado a la expresión cariñosa y cordial de Jennifer.
Se levantó y comenzó a seguirlos.
Cuando
ese hombre comenzó a gritar y, peor, cuando vio el rostro desencajado
de Jennifer y la bofetada, comprendió que algo tenía que
hacer. Corrió y saltó en dirección a la cabeza
del sujeto. El hombre cayó pesadamente. Se escuchó una
fuerte detonación y un alarido del individuo.
"¡Terrón!",
exclamó Jennifer, entre aterrada y sorprendida. "¡Vámonos!",
le dijo, y se echaron a correr hacia el quincho.
************
El Director
de Banco había quedado en el escritorio, entre descompuesto e
inmóvil por la insólita amenaza de Brezzi. Sabía
y le constaba que era impulsivo pero jamás lo había visto
con un arma en la mano y menos contra él. No sabía qué
imaginar. El "loco ese" ¿qué quería hacer
con ese arma?
Allá
en el quincho – pensó - estaban los dos tipos que le darían
máquinas coreanas a través de Hungría, en una operación
que cubría una serie de circunstancias molestas, para poder disfrazar
localmente una mera importación y comercialización de
reventa hacia Estados Unidos, como si fuera todo un proceso de fabricación
y generación de mano de obra en la Argentina.
Claro,
esa cláusula de vincular muy específicamente el préstamo
con el ritmo de la producción podía reventar todo el asunto.
Y él, ¿qué podía hacer él? Ya había
hecho demasiado inventando y sugiriendo cláusulas que desnaturalizaban
cualquier acuerdo convencional de préstamo y le iban a permitir
a Brezzi, legalmente, eludir muchos controles. Él también
se beneficiaría y mucho.
Pero si
el asunto explotaba, el primero que iba a volar era él. Él
no había firmado nada, era cierto, pero no sólo con Brezzi
estaba implicado verbalmente, de modo que saltar todo por el aire no
era demasiado difícil ... Para peor, en La Plata, una operación
privada de ese calibre, que él recordara, sería la primera.
Quizás en otro medio económicamente más grande,
habrían formas de disimular la cosa ... ¿Disimular qué?
Todo era demasiado complicado. Se dijo que podía tomarse unos
minutos de reflexión.
Cuando
escuchó, con toda claridad, el estampido de la 38 - conocía
muy bien esa detonación, el sonido había llegado inconfundible
- y luego, más despacio, el grito de dolor, no supo qué
pensar. Era imposible imaginar nada coherente. ¿Se la había
agarrado con alguno de los extranjeros el insensato ése? ¡Estaba
enloquecido del todo!
Se le revolvieron
los pensamientos, sin la menor idea de cómo reaccionar.
Entonces
imaginó lo peor para él. Algo estaba aún más
podrido de lo que sabía, o podía imaginar; al fin y al
cabo no podía él conocer todo lo tramado por Brezzi. Sabía
que alguna decisión faltaba y que un poco de lujuria con las
mujeres contratadas ayudaría. Él había venido a
"una fiesta con las mejores minas" que habían por ahí,
eso le gustaba, pero venir a que le pusieran una arma en la cara, ¡no!
¿Qué había hecho el loco ése? Mejor ni enterarse
de nada, ya había tenido bastante. Se iría. ¡Al
diablo con eso que ya no sería ni fiesta ni nada! Él no
tenía nada firmado y quizás aún podía salir
ileso. Quizá.
No tenía
que pensarlo más. Se abalanzó contra la puerta, salió
al living, lo cruzó y corrió hacia el auto. Arrancó,
lo tenía apuntando hacia el portón de salida, todo le
resultó muy rápido. En esos movimientos alcanzó
a escuchar algunas corridas y voces alteradas provenientes del quincho.
Estaba claro que algo había pasado allí, allí,
en presencia de varias personas. Ese tipo estaba loco, ¡loco,
absolutamente loco!
Cuando
se vio en la calle, en una especie de ruta arbolada hacia el Camino
General Belgrano, se sintió mejor. Pero, maquinalmente, el subconciente
bregó por un futuro quizá más fácil para
él. Tomó el teléfono portátil y marcó
el 101 de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Informó
de "unos disparos" en la quinta tal, dio precisas indicaciones
del lugar y del frente de la propiedad; cuando le pidieron que se identificara,
dijo "si tienen alguna unidad móvil cerca, seguro que ha
escuchado los disparos" y cortó.
Aceleró
y no se detuvo hasta la espera del cambio de luces rojas a verdes, para
ingresar en el Camino General Belgrano.
*********
Jennifer
y Terrón corrieron hacia el quincho. Unos metros antes de la
puerta casi se chocan con Rodolfo Brezzi preguntando qué había
pasado, y con otros que salían detrás de él. Jennifer,
con el pánico que traía, no atinó a decir nada,
sin detenerse sólo giró un poco el cuerpo y señaló
hacia la cancha de tenis. Se cruzó con el asiático, con
dos de las chicas y luego aparecieron Gerardo y Leticia.
- ¡Vámonos!
¡Vámonos! - dijo Jennifer, empujando a Leticia en dirección
a la playa de estacionamiento.
- ¡Pará, pará! ¿Qué pasó? -
trató de saber Gerardo.
- ¡Qué pasó, ni qué pasó! ¡Vamos!
¡Te digo que nos vayamos! - insistió Jennifer, muy nerviosa.
Jennifer
no estaba dispuesta a perder tiempo en explicaciones. Consiguió
que Leticia la siguiera.
- ¿Ustedes
han dejado algo? ... – preguntó Gerardo.
- No, nada ... vos tampoco ... - respondió Leticia.
- ¡Bueno! ¡Vámonos! ... ¡Ya! ¡En el auto
les cuento!
La actitud
de Jennifer fue tan contundente que ni hubo ni habría habido
cómo contrarrestar esa determinación. Terrón, al
lado de ellos, miraba a cada uno de sus amigos.
Jennifer
y Terrón corrieron hacia la playa de estacionamiento. Leticia
y Gerardo no tuvieron más remedio que hacer otro tanto. En el
auto, Leticia se sentó adelante con Gerardo y atrás se
ubicó Jennifer con Terrón. Gerardo arrancó y comenzó
a maniobrar el vehículo en dirección al portón
de salida.
En el quincho
no quedaba nadie. A través de sus ventanas, lo único que
habría podido verse eran las brasas rojas bajo los chorizos y
las carnes a punto para comenzar la cena. Cruzaron el portón
de salida.
- Bueno
... contá - dijo Leticia, muy intrigada.
- Yo ... No me gusta irme así ... - comenzó a decir Gerardo.
- ¡Mira Gerardo! - dijo Jennifer, aún muy nerviosa y sin
pensar en medir sus palabras - Tú, si quieres, nos dejas en el
Belgrano, nosotras nos tomamos un micro o un taxi, y tú vuélvete.
¡Sí, vuélvete a tu fiesta de mierda!
En ese
instante vieron las luces de dos autos de la policía que a unos
cien metros avanzaban en sentido contrario. Gerardo reaccionó
pidiéndole a Jennifer que se recostara en el asiento de atrás
y que Leticia se le acercara un poco más. Ellas entendieron la
intención e hicieron lo que les pedía. Los dos patrulleros
cruzaron más rápido que ellos; Gerardo, por las dudas,
había aminorado la velocidad.
El cruce
con los patrulleros los dejó tensos, y continuaron en silencio.
Llegaron al borde del Camino General Belgrano con luz verde en el semáforo.
Ingresaron en la ruta y girando en dirección a La Plata sintieron
que comenzaban a relajarse.
- Bueno
- dijo Jennifer, acariciando la cabeza de Terrón -, lo primero
que tengo que decirles es que Terrón me salvó.
- ¿Te salvó de qué, Jenni? Nos has hecho salir
disparando y todavía no sabemos que pasó ...
- ¿De qué te salvó Terrón? - completó
la pregunta Gerardo.
Un poco
atropelladamente, Jennifer contó todo cuanto le había
ocurrido, después que ellos la dejaron en aquel living hasta
que los volvió a ver en la puerta del quincho.
- ¿Eso
pasó ...? - fue lo único que se le ocurrió decir
a Gerardo.
- ¡Sí, eso pasó! ¡Así pasó!
¿Ese tipo es tu amigo? ¿No lo conoces tú?
- No entiendo ...
- ¿No entiendes? ¿Y tú, quieres que yo entienda?!
- Calmate Jenni, ya pasó ... – intervino Leticia
- Ese tipo es un loco ...
- Ya estamos camino a casa, Jenni ... tratá de descansar - agregó
Leticia, extendiendo una mano para acariciar los cabellos de Jennifer.
*********
Leticia
volvió con los dos diarios de La Plata a la mesa que habían
elegido en El Cafetal, diciéndole a Jennifer:
- Mirá
lo que dice aquí: "Falleció a última hora
de ayer, en el Hospital Italiano, el conocido industrial Alberto Brezzi"
... da detalles del traslado ... y ... por aquí ... "a causa
de un accidente con una pistola calibre 38 que portaba el empresario"
...
- Dame el otro diario - pidió Jennifer.
- Sí.
- Éste dice más o menos lo mismo pero, escucha esto: "Las
circunstancias del accidente llaman la atención de la policía
porque en el número 101 se recibió un aviso casi en el
mismo momento del hecho. Pero, lo único que se sabe, al cierre
de esta edición, es que la llamada fue hecha desde un teléfono
celular no identificado".
- No me hago ilusiones ... supongo que, más tarde o más
temprano, nos van a convocar a prestar declaración. ¿Te
parece Jenni?
- Puede ser. Pero lo importante es que Terrón me salvó
la vida. Y por eso estamos aquí, para festejarlo.
Terrón,
sentado entre la mesa y los ventanales vidriados del Café, prestó
mucha atención al escuchar su nombre.
-¡Bravo, Terrón! - festejó Leticia -. Allí
viene el mozo con dos platos que te van a gustar, uno de leche y otro
con quesos.
Terrón agitó la cola. Sus ojos eran de felicidad.
- Leticia tenía razón, perrito: cuando te adoptamos dijo
que te portarías bien y quizá nos defenderías.
Y, sí, ¡eres un ángel! - dijo Jennifer, acariciándole
la cabeza.
Jorge B. Hoyos Ty.