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Por Camila de Azul ---------------------------///-------------------
La primera vez que mi madre subió a un barco fue cuando mi padre, después
de ganar un gran pleito contra el Estado que lo dejó eufórico, la invitó a
disfrutar de unas merecidas vacaciones. No solo el cansancio de haber vivido
durante los últimos meses en el buffet de abogados que presidía entre clientes
nerviosos y colegas así se lo exigía, sino, además, el pánico de imaginar
que un día su hermosa esposa, aburrida con sus extremadas ausencias, decidiera
encontrar una nueva compañía, lo animaron a tomar la decisión. Quería algo
especial y por ello después de una cena romántica que él mismo organizó, le
propuso a mi madre vivir una aventura marina. Ella, con unas cuantas copas
en la cabeza, aceptó emocionada olvidando sus temores a morir ahogada. A la
semana siguiente zarparon dispuestos a vivir al máximo sus días en el mar
del sur.
Mi padre metódico como lo era en todo, no sólo alquiló un barco que dentro
de sus reducidos conocimientos navales le resultara satisfactorio y de fácil
maniobra para entrenar a mi madre por si llegase a ser necesario, sino que
además se puso en contacto con metereólogos, biólogos y demás especialistas
que le pudieran ayudar a diseñar una ruta perfecta: llena de colorido, exhuberancias,
paz y ajena a los contratiempos propios de vivir en alta mar. Según él, iban
protegidos contra todo y con todo lo indispensable para pasar los mejores,
más divertidos e imperecederos días de toda su vida.
Era una mañana bastante soleada y de cielo intensamente azul cuando zarparon
cargados de ilusiones, botellas de buen vino, mariscos, fabulosos ungüentos
con propiedades eróticas demostradas y todo cuanto sus imaginaciones ávidas
de fantasías les permitió llevar.
Las aves empezaban a surcar el cielo haciendo memorable la partida del puerto
y muchas de ellas volaban organizadas en perfectos batallones aéreos delineando
las costas hasta perderse en el horizonte. Luego comenzaron a desaparecer
y el vértigo de la lejanía le arrebató la sonrisa, que después con picardía
e ingenio mi padre volvió a dibujar sobre su pálido rostro. No habían transcurrido
las primeras 24 horas desde que abandonaron Bahía Solano cuando mi madre,
extasiada y profundamente conmovida, le había perdonado a mi padre tanto ego
e indiferencia, todas esas noches frías de infinitas sábanas muertas y todos
esos días cargados con presagios funestos en los que pensó que si de veras
no quería seguir estando sola, lo mejor que podía hacer era divorciarse. <Un
instante en la inmensidad de un mundo azul que no conoce fronteras y se olvida
toda noción de pena>, me diría después mi madre, quien siempre supo
encontrar en la naturaleza los motivos de inspiración para sus fabulosas y
reconocidas esculturas y tallas de madera.
La primera noche en alta mar hicieron el amor como si fueran un par de desconocidos
que no temen al pecado o como un par de amantes furtivos que, sin promesas
y esperas vanas, se deleitan en el mágico encuentro que pudiera ser el último.
Se zambulleron tanto y sin demoras en las profundidades del otro, que sintieron
perder en un segundo toda noción del mundo y en el suspiro del cálido abrazo,
sus pieles sedientas libertaron la misteriosa magia que suele envolver a los
enamorados entre latidos y suplicios. Al día siguiente del amor impúdico para
sus ojos, reconocían con jubilo el regreso furioso de sus seres abandonados
y no tenían más remedio que avergonzar de nuevo las lunas de miel de los recién
casados. Fueron unos días maravillosos, me contaría después mi madre, los
mejores, sin duda. Se observaban todo el tiempo con el embeleso del primer
día, buscaban pretextos para la caricia y luego compartían secretos, complicidades,
lecturas y terminaban de cara contra el mundo exponiendo ante el firmamento,
toda suerte de fantasías ansiosas por emerger del closet de sus escrúpulos.
Llevaban 2 años de casados, de los cuales, el primero se les fue tratando
de entender el modo del otro, ese modo crudo y peculiar que sólo se
revela en la intimidad del hogar cuando además de gozar de sus mieles, también
se comparten las vicisitudes y la rutina. No fue fácil, dado que mi padre
era un modelo de príncipe de sociedad moderna, lleno de encantos y de urgencias
banales. Tenía un prestigio logrado a base de esfuerzo, una excelente reputación
que acrecentaba su ego y éste, a su vez, aumentaba su osadía, ésta sus logros,
su reputación y vivía en una ruleta rusa, repetida y siniestra de la que juraba
escaparía algún día y que hacia comprensible imaginar el gran esfuerzo de
mi madre para poder ser quien era sin tener que ofender las prioridades de
mi padre.
El segundo año, se habían limitado a verse eventualmente en alguna madrugada
en el sanitario o uno que otro domingo, o una que otra noche. Pero aún así
no faltaban las notas amorosas que cada uno se colocaba en la mesa de noche,
en el vapor del espejo, en la nevera o en el parabrisas del auto. No faltaba
la cena caliente en el horno, ni los ramos de flores ni los poemas bajo la
almohada. Se amaban y, de lo que creían se podían dar, trataban de darse lo
mejor con la seguridad de estar brindándose un poco más cada día, quizá querían
entregarse completamente, agotarse con el tiempo y llenarse del otro para
vivir en el aroma del amado el milagro del paraíso prometido. Así reparaban
el tiempo que las cosas de la vida les negaba y pensar al fin, en un mes en
alta mar, en 30 días con sus 30 noches exclusivos para ellos, hacia suponer
que toda su fuerza creativa y emotiva quedaría extasiada el regresar a tierra,
al menos por un buen tiempo creían ellos que no sabían cuan incierta podía
ser la vida sostenida en un infinito y calmo mar de incertidumbre muda.
El día 19 fue un día tan iluminado y sereno, que de haber sido un poco más
suspicaces lo habrían encontrado exageradamente diciente. El mar era un espejo
manso y en el cielo apenas se insinuaba con timidez la presencia de escasas
nubecillas lejanas. Como el día anterior habían quedado totalmente profundos
ayudados por una música sagrada, un baño tibio y 20 minutos de masajes perfumados,
despertaron apenas con el primer rayo de luz y pronto se entregaron a la contemplación
silenciosa. Bebieron café con Baileys, fumaron y no sintieron necesidad
de palabras esa mañana; era como si estuviesen en espera de algo. Estaban
tomados de la mano y como una súbita protesta del celoso cielo, todo oscureció
en fracción de segundos y pronto se encontraron sumergidos en la peor tormenta
imaginada. No tuvieron tiempo de mucho, apenas para guardar dentro de sí el
rostro de espanto del otro, repetir viejas oraciones memorizadas y entregarse
en una súplica a la benevolencia de un Dios extraño.
El agua amordazó sus palabras y el estruendo fue tan fulminante que pronto
no hubo más que silencio en las profundidades de un mar bravío que confabulado
con lo más siniestro del cielo pretendió castigarles con la vida, tal exceso
de alegría. Mi madre recordó sirenas, sintió el letargo sutil de la muerte
y una mano invisible que la elevo por el aire para luego depositarla sobre
la arena como una hoja inerte. Al abrir los ojos, el dolor era un cuchillo
que le cercenaba el alma. Estaba completamente sola en medio de un mundo tan
incierto como su futuro. En vano recorrió las costas de esa isla buscando
rastros de mi padre, se lanzó al mar, nadó, nadó y sólo pudo hallar entre
los misterios del desamparo y del voraz silencio, el maletín donde mi padre
llevaba sus trucos de magia y un viejo libro de poemas de Jorge Luis Borges.
Ese mismo día entendió que aquí empezaba su más cruel lucha por la supervivencia
y que ni la ira de los dioses lograrían diezmar su absurdo amor por la vida.
Recorrió la inhóspita y helada isla, supo que eran pocas las garantías que
le ofrecía y por ello asumió esta nueva y solitaria vida como un reto macabro
planteado por criaturas invisibles y despóticas. Se construyó una casa de
ramas con lo que pudo, un arpón de madera que con nada se rompía, logró encender
la primera hoguera con una caja de fósforos rescatada del maletín de mi padre
después de la primera noche de malos augurios y con el estomago vacío, y el
alma llena de preguntas sin respuestas, al otro día se dispuso a hacerle frente
a la vida. Cazó lo que pudo, pescó, ubicó todos los recursos y las herramientas
que sus básicos instintos le permitían para no extraviarse y mantenerse con
vida mientras algo ocurriera.
Pasaron los días con sus noches y cuando hubieron transcurrido los dos primeros
meses de lucha y hambruna, según sus anotaciones en la corteza de un árbol,
desechó la esperanza de ayudas lejanas y con intenso dolor comprendió
que a veces las conjuras más atroces guardan dentro de sí peores sorpresas.
Estaba embarazada. Pero este hecho en vez de diezmarla, le sirvió para fortalecer
aún más su apesadumbrado pero fuerte espíritu. Ella siempre fue la mujer aguerrida
que jamás le hizo juego a las tristezas de la vida, además su carácter testarudo
e insolente le sirvieron una vez más, para retarla y exclamar con furia su
permanencia en esta tierra. Todas las noches, bajo un maravilloso cielo que
no dejaba de aturdirla, encendió hogueras, incendió un árbol con la esperanza
de ser visto por algún piloto lejano pero sin mayores ilusiones y oró como
nunca, pues si sus cálculos no le fallaban, debería estar en alguna isla desierta
al sur del continente, quizá cerca de las islas de Pascua, lo cual dado la
violencia del clima, era bastante desalentador. Con el paso de los días y
el aumento de las molestias del embarazo y del vehemente frío, supo que para
poder sobrevivir junto a su hijo, debía salir de aquella isla y lanzarse al
mar como única esperanza de vida. Y así lo hizo, no sé cómo, pero construyó
una balsa, remos y con las mismas hojas con las que se había elaborado trajes,
le hizo una vela a su modesta embarcación y se lanzó al mar. Lo hizo tres
veces y tres veces el mar la devolvió a la isla.
Se sentía más maldita que nunca, más rabiosa y desconfiada. <La
buena voluntad no existe cuando se trata de ver a otro luchando contra las
trampas de la vida>, escribió con rabia sobre una inmensa roca. Estaba
sola. No había Dios a quien clamar, ni esperanza de poder regresar. Así que
se acomodó a su suerte y como una fiera indomable, se repuso de las picaduras
de insectos, de los vientos helados, de sus intentos venenosos por consumir
todo lo que tuviera buen aspecto. Se convirtió en una fiera nadadora y perdió
el miedo al descontrol. El tiempo transcurrió entre lunas esquivas, recitales
de poemas memorizados a las piedras de las costas, trampas a la tristeza y
la fe inconmensurable de que algún día todo estaría mejor. Cuando llegó el
momento de dar a luz, ella misma se controló las contracciones y se ató a
los troncos que sostenían la estructura de su casa rústica para, en cuclillas,
tal como hacían las mujeres indígenas, darme a luz. Con sus dientes afilados
corto el cordón umbilical y con la destreza propia de su genero me alimentó
y me cuidó entre lágrimas y promesas durante 8 años en los que pude ejercitar
a plenitud el corazón, las piernas y la memoria.
Allí conocí el mundo salvaje de los primitivos, supe de astros y constelaciones,
de hierbas y pescados; allí se tejieron mis primeros recuerdos y allí deje
a mi madre después que una fuerte neumonía le arrebató la vida. Días después
de su muerte, yo ya sabía qué se hacía con los cadáveres, abandoné la isla
en una embarcación de aventureros extraviados y, con el paso de los años y
con mis recuerdos aún invictos en mi memoria, he podido interpretar mi súbita
salvación como la prueba irrefutable de que mi madre al fin se reconcilió
con Dios; aunque ella jamás lo hubiera confesado y sin duda habría dicho que
la llegada de estos misteriosos hombres, que luego me entregaron a mis abuelos,
era más una prueba de que su resolución de vida había vencido la descomunal
ira de un ser despótico y cruel, al que los humanos llamamos Dios. Sea como
fuere, muchos milagros nos permitieron habernos conocido y estoy segura que
sin la gracia de un ser benévolo, jamás habría sobrevivido en aquella isla
como mi madre lo hizo durante 8 años, 8 meses y 19 días, según he podido calcular.
Mis abuelos y varios psicólogos trataron durante años de enseñarme que todo
este delirio de mi infancia era sólo producto de mi fantasía desmedida,
nunca les llevé la contraria, pero hoy en día disfruto de una memoria privilegiada
y en las noches, cuando apago la luz, vuelvo a escuchar el murmullo del mar
y de los insectos que revoloteaban a nuestro alrededor, y aspiro de nuevo
los dulces vientos helados del sur como si regresará a mi primer hogar.
Maureen
Maya -------- -
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Por Camila de Azul -------------------------------------------------

Alicia estaba todavía en pijama y con el cabello alborotado cuando golpearon
a su puerta. Pensó en hacer caso omiso y seguir descansando, pero la insistencia
del visitante y la curiosidad por conocer el rostro del inoportuno, la obligaron
a ponerse un viejo saco de lana y a pasarse el cepillo a la ligera para no
verse tan desordenada. Cuando abrió la puerta, una ráfaga de viento helado
le golpeó el rostro y quiso cerrarla de un tajo, pero un hombre elegante,
bien parecido y además rodeado por un gran aire de misterio la observaba con
insistencia. Vestía completamente de negro y llevaba una gabardina que ondulaba
con el insoportable viento frío de otoño dándole un aire bastante siniestro.
Alicia lo contempló unos segundos y antes de que el intruso abriera la boca,
ya lo había reconocido.
- Llega usted antes de lo esperado - le dijo indicándole con la mano que siguiera,
y exhibiendo con orgullo las perlas de su boca.
El hombre, impactado por el rostro de Alicia que parecía no tener años, siguió
con cautela a la sala y se sentó en el único sillón que había con espaldar.
- Se ve usted bastante joven - dijo - nadie creería que tiene la edad que
tiene.
- Ya ve usted, tantos años de risa y de fiesta, terminan por burlar hasta
el paso del tiempo - exclamó Alicia, mientras recogía dos ceniceros atiborrados
de colillas.
El hombre colocó su maletín de cuero reluciente sobre el suelo y observó la
silueta intacta de Alicia, que aún bajo su camisón y su saco, se dibujaba
a contra luz con increíble perfección. La tenue mañana se reflejó contra el
cristal de un gran armario que ocupaba buena parte de la pared de la sala
y sobre la madera oscura del fondo, se proyectó una pequeña manada de elefantes
de todos los tamaños. Era increíble pensar que una sola persona pudiera vivir
en aquella casa que insinuaba en cada esquina un sinnúmero de historias y
de anécdotas sorprendentes y más, si éstas habían sido vividas por una sola
mujer de apariencia tan frágil y delicada como Alicia. La sala era bastante
amplia y de las paredes del fondo colgaban gran variedad de iglesias y templos
misteriosos hechos en barro y adornados con incrustaciones de piedras coloridas
y metales lustrosos. Junto a la puerta que conducía a la cocina sobresalían
los cuernos de un toro y bajo éstos una piel de serpiente guardada dentro
de un marco de madera tallado. Sobre la mesa de la sala y bajo un grueso vidrio
había una antiquísima colección de monedas de diferentes tamaños, colores,
países y épocas y muchas y variadas estampillas de la malograda época en la
que Alicia intento cultivar la filatelia.
- Perdone mi descortesía, no le he ofrecido nada de tomar - dijo Alicia asomando
su cabeza desde la cocina.
- Por mí no se preocupe señora.
- El café ya está listo.
- Está bien, entonces deme uno - dijo el hombre - pero sin azúcar por
favor.
- Tal como me lo imaginé - exclamó Alicia - seguro que el dulce no
es para ustedes.
No era la primera vez que él tomaba por sorpresa a una suplicante, como las
llamaban ellos, por eso toda la parafernalia del café y la lluvia de preguntas
que adivinaba seguirían a continuación, no le resultaban para nada extrañas,
lo único que lo sorprendía era la increíble tranquilidad de Alicia y ese relajamiento
excesivo le hacia pensar que ella se encontraba bajo el efecto de alguna sustancia
enajenante, lo cual no sería extraño dadas las explosiones que había tenido
apenas algunas horas atrás. El olor a fresas frescas hacía de esta casa el
mejor lugar que hubieran podido tener para sostener un encuentro de esta naturaleza.
Alicia apareció con una bandeja de plata entre las manos cubierta con una
fina carpeta de macramé blanco y dos pequeñas tasas de porcelana china. Le
extendió la bandeja del lado correcto y pronto se arrepintió de no haberle
echado azúcar, hubiera sido interesante ver su reacción o corroborar si el
dulce podría desintegrarlo como un copo de nieve bajo la lluvia.
- No me hubiera desintegrado con el azúcar - dijo el hombre sin alzar la vista
de la bandeja - sólo te habría tocado ir en busca de más café.
- ¿Lee la mente y que más puede hacer? - preguntó Alicia y su tono fue tan
pedante, que el hombre lamentó de inmediato el destino plagado de pequeñeces
en los seres pequeños.
- Todo lo que quiera lo puedo hacer - dijo con firmeza.
- ¿Todo? - Exclamó Alicia sorprendida - ¿hasta matar a Dios?
- Bueno, todo menos eso - dijo llevando el pocillo a su boca.
Alicia se extendió sobre su viejo sofá de terciopelo azul y apretando el cálido
pocillo contra su pecho, lo observó suplicándole sin palabras, que no tomará
tan en serio su arrebato de anoche. Solo había sido una mala noche producto
de varios días de mala racha, nada más.
Aún se sentía joven, sabía que aunque hubiese sido despreciada, de pronto
en otro lugar volverían a valorarla y podría encontrar la vida plácida que
tanto buscaba. Pensó en brincar, en demostrarle a este hombre cuan llena de
vida estaba, incluso intentó seducirlo haciendo uso de las que en algún
tiempo fueron revolucionarias formas de conquista femenina. Quiso negociar
sus palabras y sus omisiones, pero sintió vergüenza de tener que prometer
una vida pulcra que sabía no podría llevar ni ahora ni nunca. Su desmedida
vocación al placer le hacia imposible prometer un camino de plegarias y de
actos de hipócrita caridad y, además, ya era demasiado tarde para buscar indulgencias.
- Alicia, me llamaste con desespero. Analice tu existir y me di cuenta que
antes, por el contrario, has tenido tiempo de más para tejerte un camino nuevo
si hubieras querido. Hiciste siempre lo que quisiste y lo volverías a hacer;
fuiste la femme fatal de toda una época, en tus brazos se asilaron
miles de corazones ansiosos y en tu cuerpo encontraron refugio para todas
sus ternuras y depravaciones. Salvaste a muchas esposas del vandalismo caníbal
de sus esposos. Enseñaste a exacerbar sentidos, a sacrificar el pan de los
hijos por un poco de placer mal habido. Evitaste suicidios y enseñaste a todos
el valor del desapego y la generosidad. ¿Qué más puedes esperar de la vida?.
¿Qué más cuando te has tallado como una roca sólida y tu ser no admite ni
devaneos ni contradicciones a tu sentir? ¿Qué más podrías hacer Alicia, qué
más?
- No mucho, es verdad - dijo Alicia, irguiendo la espalda - y también, que
no te temo. Sólo me sorprende la puntualidad con la que acudes ahora, nunca
llegaste a tiempo y las otras súplicas de compasión que lancé jamás fueron
atendidas; además, siempre me imagine un final mucho más decoroso, después
de todo, hice felices a muchos hombres en esta tierra, evite tragedias y creé
las necesarias, lo mínimo era terminar en un espléndido valle aromatizado
con flores frescas, con muchos rostros compungidos y con mi cuerpo rosado
y aún tibio de las últimas caricias, eso era todo - dijo Alicia, juntando
sus manos como una plegaria y luego lanzó un suspiro tan hondo, que el hombre
creyó sentir que el aliento amargo de Alicia lo penetraba.
Desde hacia varios meses Alicia había tenido el presentimiento de su muerte,
quizá impactada por la reciente muerte de su madre, pero había preferido ignorarlo
para descubrir mejor que en la calle aún los hombres admiraban su belleza
y la esbeltez de su figura y que las mujeres, algunas mucho más jóvenes que
ella, envidiaban su paso intrépido y seguro. Además, Alicia se había otorgado
una gran licencia, justo a tiempo para no tener que vivir la vergüenza de
la escasez de clientes, así que estaba segura de que el negocio siempre la
aguardaría con braguetas abiertas y fajos de billetes sobre el tocador cuando
ella decidiera regresar, al fin y al cabo las mejores técnicas que hoy en
día se practicaban en los más exquisitos burdeles de Lima, habían sido inspiradas
en las enseñanzas de Alicia, quien con gran habilidad había estudiado los
secretos de las sacerdotisas de la antigüedad, de las encumbradas Geishas,
ritos indígenas de apareamiento y pócimas egipcias que eran capaces de trastornar
todos los sentidos. Sin duda alguna Alicia había sido la mejor. Había sido
y era la verdad.
- Te puedo dar hasta la media noche de hoy, para que organices todo y escojas
como quieres morir - dijo el hombre con tono enfático.
- No quiero morir.
- Ayer suplicabas otra cosa.
- Ayer era ayer, hoy es hoy y el ayer ya no existe.
- Sí existe y por eso estoy yo aquí - dijo el hombre colocándose de pie.
- ¿Me va a doler? - preguntó Alicia tratando de ocultar las vibraciones temerosas
de su vos.
- No. Ni siquiera lo vas a sentir.
- ¿Y dónde ocurrirá?
- ¿Dónde quieres que ocurra?
- En mi casa. No soportaría ver mi cuerpo tendido en alguna acera fría y siendo
cruelmente ensuciado con las miradas enviciadas de los pordioseros.
- Entonces será en tu casa a la media noche - El hombre recogió su maletín,
caminó hacia el umbral de la puerta y, antes de salir, giró para darle a Alicia
las gracias por el café.
- Tengo miedo, por primera vez en mi puta vida, tengo miedo - exclamó Alicia
con furia, sintiéndose incapaz de abandonar el sofá de sus lamentos.
- No debes tener miedo, la muerte no es tan mala como se pudiera creer.
- ¿Y qué hay del otro lado? - su voz era una angustia.
- Pronto lo sabrás, por ahora aprovecha las 15 horas que te quedan, haz lo
que tengas que hacer y nos vemos está noche - dijo, y sin darle más tiempo
a las preguntas, salió de la casa.
Alicia aguardó rígida sobre el sofá unos cuantos minutos y luego pensando
que todo podía ser cierto y que si otros se morían ella también, corrió a
su habitación. Sacó del closet su mejor vestido, su ropa interior de
lujo, se preparó una mascarilla y mientras se bebió la botella de vino francés
que desde hacía más de 5 años guardaba para la ocasión especial, lamentó
una vez más su soledad. .
Preparó su tina, se sumergió en espumas y olores y al otro lado entre el agua
y la memoria, deseó con desespero que aquel hubiera sido un día como cualquier
otro. Luego, lista y perfumada, maquillada de forma tan sutil y profesional
que hasta a ella misma le costó creer que ya había cruzado la barrera de los
50s, recordó los rostros de los muertos y más angustia sintió. Dudó
en salir a la calle, pero confiando en la palabra de su visitante, aún tenía
tiempo para ver vitrinas, recorrer la ciudad, su parque preferido, para hablar
con extraños, así que se colocó su abrigo de piel sintética, las botas de
cuero que le daban un increíble aire de elegancia y salió a la ciudad.
Recorrió calles a tal velocidad que parecía estar levitando sobre el pavimento
y sólo lo notó en la humedad de su ropa interior, entonces bajó
el ritmo y se reprendió por no darle tiempo a la contemplación. Pensó que
sería bueno en su último día conducir un auto, así que sin dudarlo se dirigió
a un alquiler de vehículos, pasó su tarjeta de crédito que ya nadie
cancelaría y hasta que el cupo de la camioneta y de la tarjeta se lo permitieron
se dedicó a gastar en forma desaforada. Compró juguetes para regalar, compró
su último collar de perlas, su último traje blanco y un último mercado que
de seguro quedaría para los hambrientos policías que realizarían el levantamiento
del cadáver; el cadáver, cómo la aterrorizaba verse y llamarse de esa forma,
qué incertidumbre tan macabra sobre la utilidad de todas sus acciones, sacrificios
y omisiones, sobre su vida y esperanzas. Se lamentó un poco, pero luego cayó
en cuenta de la hora del almuerzo, no quería estar sola pero tampoco tenía
a quien llamar. Así que condujo buscando una buena compañía para compartir
su último almuerzo en un restaurante con manteles, aire limpio y buenos vinos
sobre las mesas. En el semáforo en rojo, unos niños harapientos, de mocos
secos pegados a su rostro, le pidieron limosna. Ella los llenó de juguetes,
las sonrisas inmensas y limpias de estos pequeños desgraciados fueron suficientes
para sentir que de repente todos sus pecados, si es que de veras son contabilizados
en algún mundo invisible, le habían sido perdonados.
Regresó a su casa tan sola como había almorzado, pero con un dulce
sabor en el pecho; no le gustaba la idea de morir lejos de su patria, ni morir
sola y abandonada en su casa, por más hermosa que ésta le pareciera. No lo
pensó dos veces, arregló una maleta con todo lo mejor que tenía, dejó sobre
la cama una carpeta en la cual estaba la escritura de propiedad de ésa
y de otras dos casas que tenía en alquiler, un testamento redactado de prisa
en su vieja maquina de escribir, dedicado a extraños herederos, y un baúl
con costosas y finas alhajas con las que hombres importantes la había halagado
alguna vez. Consiguió cupo para las 6 de la tarde, no para su patria, a la
cual de cualquier forma no alcanzaría a llegar, sino para el primer país del
caribe donde no necesitara visa.
El viaje fue largo, por eso el pasajero vecino, que estaba harto de escuchar
sus historias lujuriosas, tuvo tiempo para ser medianamente cortés, para taparse
con la cobija, colocarse sobre los ojos los aislantes de luz y profundizarse
en el sueño. Alicia intentó lo mismo, pero no consiguió dominar la inquietud,
así que pidió le sirvieran una ginebra pura y generosa.
Era la primera vez que viajaba en primera clase y le parecía gracioso imaginar
que lo hacía justo en un avión próximo a accidentarse. Esta posibilidad le
parecía demasiado real para descartarla y por eso cada sacudida del avión,
se le parecía al usual susurro del siniestro que esta por venir. Se puso de
pie para ir al baño, y pese a las insistencias de la azafata, prefirió ir
a los de atrás, quería ver los rostros con vida de los que, de seguro, con
ella morirían esa misma noche. Le dio pena encontrar varios niños en el vuelo,
caminó con mucha lentitud por el angosto pasillo y viendo la serenidad de
los pasajeros, no pudo evitar que un terrible pesar se instalará en sus ojos.
Luego regresó a su silla, ordenó otra ginebra, la bebió casi de un sorbo y
cuando la azafata le preguntó si estaba nerviosa, Alicia sólo atinó a preguntarle
que si la muerte no la había visitado a ella también ese día. La pobre mujer
la miró con la misma compasión despreciable con la que se mira a un demente
y le pidió que no bebiera más esa noche.
Alicia se rió; si no lo hacía esa noche qué otra noche lo podría
hacer, pero no dijo nada, reclinó la silla, hizo un par de exhalaciones profundas,
miró el reloj e intentó dormir. Un rayo de luna se coló a través de su ventana,
y ella lo interpretó como una clara señal del más allá para que el cazador
nocturno pudiera ubicar su presa. De pronto un fuerte ruido la sobresalto,
miró a su alrededor y nadie parecía haberlo sentido, todos estaban sumidos
en esa muerte efímera que es el sueño, su piel se erizó y el corazón comenzó
a brincar en su pecho como un potro salvaje.
Quiso orar pero no supo cómo hacerlo. Un viento frío empezó a recorrerla
y, aterrada, sintió los pasos firmes de un hombre que se acercaba hacia ella.
Se encogió tratando de ocultarse con la almohada, escuchando la cercanía de
las pisadas, sus propios latidos y la respiración ahogada. Y, entonces, un
hombre joven y apuesto la miró a los ojos y le sonrió.
Alicia observó el reloj: faltaba un minuto para las 12. Cerró los ojos.
Maureen
Maya ------------------
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